La larga lucha hacia la visibilización

¿Cómo se pobló el continente americano? Alrededor de esta pregunta se ha escrito mucho y, a estas alturas de la historia, se sabe con certeza que al menos en lo referente al norte fue gracias a migraciones provenientes de la parte asiática que llegaron al continente americano a través de lo que hoy es el Estrecho de Bering. El primero que tuvo la audacia de aventurar tal hipótesis, allá por 1590, fue José de Acosta, rector del colegio jesuita de Salamanca que pasó un tiempo en lo que hoy es Perú. La historia le presenta como antropólogo, evolucionista y un adelantado para su tiempo. Sin duda era así. Atreverse a plantear en aquella época que el continente americano se había poblado desde el “Viejo Mundo” y por el Estrecho de Bering –evidentemente esta denominación es muy posterior- indica unas grandes dotes intelectuales y de observación. Acosta realizó una lectura bastante detallada de la mitología inca y azteca y llegó a la conclusión que en ella había suficientes elementos para constatar como evidencia poco cuestionable que se había producido una migración desde Asia dado que ambos pueblos, los asiáticos y los del “Nuevo Mundo” coincidían en afirmar que eran descendientes “de un número de hermanos que, en el principio de los tiempos, habían surgido de una enorme caverna bajo tierra situada en algún sitio del lejano norte”.[1] Eso, para Acosta, sólo podía significar que provenían de lo que los españoles buscaban afanosamente: un nuevo camino a las Indias. Es muy probable que a sus oídos llegase parte del contenido del Pop Wuj (también llamado Popol Vuh), el gran libro sagrado de los mayas –pese a que se mantuvo oculto hasta el año 1701- donde se dice que la civilización “vino por donde sale el sol, allá del otro lado del mar”. El sol sale por el Este y lo que está al este de América es Asia. Acosta se dio cuenta de ello y llegó a esa audaz conclusión que sesenta años más tarde fue ratificada por uno de sus discípulos, José Solórzano Pereyra, yendo un poco más allá al afirmar que “es mucha la semejanza entre las dos Indias [hay que recordar que los españoles denominaron así al continente americano] en cuanto a condición, ritos y costumbres”.[2]

Es evidente que las evidencias, valga la redundancia, las similitudes y las semejanzas no excluyen lagunas, dificultades y diferencias. Y entre los indígenas del continente asiático y americano son notables. Pero Acosta, hombre lúcido y estudioso, llegó a la conclusión que eso es así debido a que en todas las migraciones se va perdiendo parte del bagaje cultural de los pueblos que emprenden un nuevo rumbo en sus vidas en otros territorios. Esta línea argumental también fue seguida por Solórzano: “después de haber dejado su bien constituida y civilizada república en el viejo mundo, olvidaron, antes de llegar a las lejanas regiones del nuevo, en su mayor parte [su vieja vida], y lo poco que quedó se desgastó con el tiempo, dejando apenas a sus descendientes un rastro de humanidad, sólo la apariencia de hombres”.[3] Un final racista del comentario, sin duda, para reforzar el calificativo de “salvajes” con que los colonizadores españoles, y quienes llegaron después que ellos, consideraron a estos pueblos. Así que todo el cientifismo de esta teoría sobre los orígenes de los primeros pobladores del continente americano, no exenta en ocasiones de un cierto romanticismo, servía para reforzar el discurso dominante colonial: civilización frente a barbarie.

Este discurso se ha mantenido inalterable a lo largo de los siglos obviando dos cosas: la primera, que hasta quien se considere el más objetivo especialista está prisionero de sus experiencias, de los valores dominantes de su sociedad, de las tradiciones, de los estereotipos de su entorno (como somos europeos tendemos a aportar a todo una visión eurocéntrica, por no decir etnocéntrica) de la historia; la segunda, que cualquier teórico y/o académico que se aproxima a cualquier disciplina sea del ámbito que sea, y de forma especial en las humanidades, lo hace desde la perspectiva de su ámbito cultural, nacional o ideológico y establece una elaboración teórica según esos valores. Por lo tanto, nadie es independiente; el teórico y/o académico se puede aproximar más o menos a la objetividad, pero nunca a la independencia. Esto debería convertirse siempre en una declaración de honestidad intelectual, pero nunca o en muy pocas ocasiones se hace. Y mucho menos a la hora de abordar la realidad de los pueblos originarios.

La perspectiva eurocéntrica tiene su sustento en la imposición ideológica y de un sistema de dominación que considera la idea de la “civilización occidental” como el único modelo civilizatorio a escala planetaria y que todas las demás civilizaciones deben subyugarse a él. La arrogancia occidental, que olvida que su conquista del mundo fue posible por su superioridad a la hora de imponerse por la fuerza y la violencia organizada y no por la superioridad de sus valores, sólo sirve para justificar las nuevas formas de neocolonialismo a pesar centenares de declaraciones de buenas intenciones. Un caso lo tenemos en lo referente a los derechos humanos, tema que Occidente ha convertido en la punta de lanza para el ataque contra sistemas políticos, económicos, sociales y culturales que no son de su agrado. Forman parte de una globalización ideológica que quiere imponer una concepción muy estrecha de los mismos y que parte de los enarbolados por la Revolución Francesa de 1789, considerándoles imagen superior e inmodificable de la sociedad sin tener en cuenta que gran parte de la población del planeta sufre discriminación política, social, económica y no satisface sus derechos más elementales de vida en gran parte debido, sin margen alguno a la duda, al modelo económico occidental, también globalizador, que no está haciendo otra cosa que agudizar la concentración de extrema riqueza y extrema pobreza en el mundo. Pero no hay que adelantar acontecimientos.

Es cierto que hoy en día apenas hay detractores sobre el paso de un continente a otro a través del Estrecho de Bering, una zona que en algunos puntos tiene una profundidad de sólo entre 30 y 50 metros. Hará unos 40.000 años, durante la última glaciación y como consecuencia de una gran concentración de hielo en grandes placas continentales, esta zona del mundo sufrió un descenso de las aguas que dejó al descubierto una extensa lengua de tierra que los prehistoriadores denominan el Puente de Beringia y que unía, en la práctica, Siberia y Alaska. Por aquí pasaron los primeros pueblos, siberianos y tal vez mongoles, persiguiendo animales de caza como mamuts o mastodontes. Esta situación se mantuvo unos 19.000 años hasta que se produjo un deshielo que volvió a llenar de agua la zona separando de nuevo ambos continentes. También es cierto que hoy los especialistas y antropólogos no creen que una migración degenera, como decía Solórzano. Pero, también hay que ser cautos con quien piensa que una vez “solucionada” la cuestión del origen de los primeros pobladores, al menos en el norte del continente americano, se llega al argumento que “todos somos colonizadores”, con lo que se quita fuerza a la reivindicación indígena dado que, a fin de cuentas, habrían sido tan colonizadores como quien les colonizó con posterioridad.

Fueron los algonquino (uno de los pueblos originarios en el actual Canadá) quienes proporcionaron a los europeos que llegaron a aquellas tierras el nombre de “esquimales” para los inuit porque ellos se dirigían a los inuit como “eskimau”. Pues bien, los inuit se encuentran en todo el Ártico, desde Groenlandia hasta Siberia convirtiéndose así en la prueba fehaciente de la teoría migratoria de un continente a otro. Los lingüistas han encontrado relaciones fundamentales entre el idioma de los inuit de Canadá con el de los chukchi de Siberia, aunque fuera de esta coincidencia no hay otra en todo el continente americano entre el “viejo” y el “nuevo” mundo. Y se da el hecho que en la Patagonia chilena (Arroyo de Chinchihuapi), justo al otro extremo del continente americano, existen yacimientos que demuestran una coincidencia temporal con los que se han encontrado en Canadá y Estados Unidos. O que en Brasil (Sao Raimundo Nonato, Estado de Piauí) las excavaciones han puesto de relieve que había grupos de pobladores hace 30.000 años[4], por lo que no sería improbable que se hubiese producido un desplazamiento desde esta parte del continente hacia el norte.

Sea como fuese y sin rechazar la teoría de la migración desde Siberia al norte del continente americano a través de Alaska, los pueblos originarios se muestran poco dispuestos a verse a sí mismos como inmigrantes-colonizadores en sus propias tierras y resaltan su gran variedad de mitos, leyendas y relatos que se han mantenido inalterables y han perdurado a lo largo de los tiempos, sin desvanecerse, y que ponen de manifiesto que estas teorías arqueológicas sobre sus orígenes no tienen por qué ser “sagradas” por el hecho de decirlo la ciencia. Aún hay lagunas que llenar y no faltan los pueblos indígenas que, como el caso de los que forman parte del Consejo Indio de Canadá, achacan a “intenciones políticas” todo el discurso de que ellos también son “colonizadores”.

Este razonamiento intenta igualar la brutalidad conquistadora de todos los pueblos a lo largo de la historia y así diluir la responsabilidad de la más reciente, la llevada a cabo por los europeos. La consecuencia fundamental de esta última colonización fue la destrucción del orden social precolombino, en el caso de América Latina, y el comienzo de un proceso de aculturación que iba a llevar a los pueblos originarios a perder sus señas de identidad. En nombre de la civilización se destruyó una estructura de conocimiento, de memoria colectiva, de su propio pasado y sabiduría milenaria, avanzados modos de producción agrícola (sobre todo en América Central y del Sur) y formas de organización social comunitaria que ahora, en los inicios del siglo XXI, parece que recuperan su lugar en la historia. Porque es evidente que estamos ante el resurgimiento de los pueblos originarios en todo el mundo. Desde Asia a América, desde África a Oceanía, incluso en Europa –como es el caso de Groenlandia, por cierto el lugar desde el que partieron los primeros visitantes conocidos de los pueblos originarios de lo que hoy es Canadá (localidad de L’Anxe aus Meadows, Terranova) allá por el 1001 de nuestra era, es decir, casi quinientos años antes de la llegada de Colón al continente- los pueblos originarios están haciendo oír su voz y comenzando a recuperar parte de sus derechos. Han tenido que transcurrir más de quinientos años desde el llamado “Descubrimiento” y más de doscientos desde la independencia política-administrativa de las metrópolis europeas para que ello sea así. Han tenido que transcurrir más de cincuenta años desde que se produjo el proceso de descolonización en Asia y África –consecuencia de una lucha, en la mayor parte de los casos violenta, de los pueblos en favor de su dignidad, autodeterminación e independencia- para que estos pueblos recuperen su lugar. O lo intenten, puesto que todavía luchan por ese reconocimiento. Hay muchos casos, pero el más llamativo es el de los adivasi (literalmente, indígenas) en India, inmersos en una desesperada batalla contra las transnacionales y el Estado indio para no perder sus territorios, ricos en minerales estratégicos y contra quienes se está cometiendo un real etnocidio en nombre de la lucha contra la guerrilla. Nada nuevo a lo largo de la historia reciente, y más si tenemos en cuenta que este libro hace referencia a los pueblos indígenas en América, que también han sufrido una durísima represión con esa argumentación no hace mucho tiempo.